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Infoeconomicas.com.ar .: Sociologia .: Sumario de las máximas fundamentales de la política de Maquiavelo, sacadas de sus diversas obras

Sumario de las máximas fundamentales de la política de Maquiavelo, sacadas de sus diversas obras

 

De la fundación de las ciudades

 

            Se construyeron las ciudades, o por pueblos que, esparcidos en diferentes puntos de la misma región, querían reunirse para su beneficio común, para seguridad común, o por pueblos que habían huido de su propio país.

            Pero ¿conviene que una ciudad esté situada en un paraje fértil o en un territorio que no lo es?

            Es menester sentar por principio que el primer cuidado de los legisladores debe ser alejar cuanto sea posible, de la colonia que ellos reúnen, la ociosidad, causa del desorden y aun corrupción de las sociedades.

La esterilidad del suelo precisará a los habitantes al trabajo, del que tendrán necesidad para proporcionarse medios de vivir, y esta necesidad les impedirá dejarse llevar de la ociosidad.

            No obstante esto, valdrá más edificar las ciudades en medio de un terreno fértil, cuando por medio de buenas leyes se pueda obligar a los habitantes a ocuparse, a trabajar, aun en medio de los más abundantes presentes de la naturaleza.

 

 

§  II

 

De la religión

 

            Jamás hubo Estado ninguno al que no se diera por fundamento la religión, y los más prevenidos de los fundadores de los imperios le atribuyeron el mayor influjo posible en las cosas de la política. Tres motivos debieron inclinarlos a ello. El primero es que la religión hacía felizmente pasar a las naciones de nativa ferocidad a la sociabilidad de las civilización. Su segundo motivo debió ser que una gran cantidad de acciones reputadas como útiles por algunas gentes prudentes no presentan realmente, al primer aspecto, razones bastante evidentes para que los demás se convenzan igualmente de su bondad. Los caudillos de las naciones tenían entonces, para desvanecer ese obstáculo, el socorro de la religión, que llevaba a persuadir a aquélla multitud que se había habituado a su creencia y preceptos. Últimamente, su tercer motivo fue que hay empresas dificultosas, peligrosas, aun contrarias a la disposición natural de los pueblos, y, sin embargo, necesarias para su prosperidad, a las que no es posible decidirlos más que mostrándoles que están prescritas por la religión o que, a lo menos, se harán ellas bajo sus auspicios.

 

 

§  III

 

De las diferentes especies de gobiernos

 

            Hay tres buenos y tres malos. Los buenos son el principado, el gobierno de los grandes y el gobierno popular. Los tres malos nacen de la corrupción de los primeros. El principado se convierte fácilmente en tiranía o despotismo, para servirme de la expresión moderna. El gobierno de los grandes degenera en el de un corto número de ellos: es lo que llamamos oligarquía. Finalmente, el popular cae en la licencia, y es lo que nombramos anarquía.

            En cuantas ciudades hay una grande igualdad entre los ciudadanos no puede establecerse el principado; y si se quisiera crear uno en un país en que reina esta suma igualdad, seria menester comenzar introduciendo allí la desigualdad de las condiciones, haciendo muchos nobles feudatarios que, juntos con el príncipe, tendrían sumisas, con sus armas y unión, la ciudad y la provincia. Un príncipe que está solo y sin nobleza que le rodee y sostenga no puede soportar el peso del principado; necesita, para llevarle, de un intermedio colocado entre él y el pueblo. Pero la diferencia es enorme entre la monarquía y el despotismo. Éste no existe más que en un soberano absoluto que gobierna por sí mismo, o por medio de ministros, que son sus esclavos, y a los que crea y destruye con una sola palabra. La monarquía se mantiene cuando ella admite una nobleza hereditaria que posee derechos y cargos que no pueden conferirse más que a una determinada clase de ciudadanos.

 

 


§  IV

 

De la corrupción y de los remedios

 

            El que establece en una ciudad uno de estos tres gobiernos de que acabo de hablar no los establece en el hecho y contra sus intenciones más que por poco tiempo, porque no puede impedir que ellos degeneren en sus contrarios, como con frecuencia sucede a la virtud misma.

            Las ciudades que se gobiernan bajo el nombre de república mudan frecuentemente de gobierno; y esto no acaece por un efecto de la libertad que en ellas se goza, o de la servidumbre que se experimenta allí, como lo creen muchas gentes, sino por el de una servidumbre acompañada de licencia. Allí hay siempre partidos opuestos; es, a saber, el de los ricos, que son ministros de esclavitud, y el de los intrigadores del pueblo, que son ministros de licencia. Todos proclaman altamente el nombre de libertad, mientras que ninguno de ellos quisiera estar sumiso a las leyes ni a los hombres.

Lo que hay de más indomable en un Estado republicano es el Poder ejecutivo, que dispone de las fuerzas de la nación. Se debería no conferirle más que a los grandes; pero ¿cómo elegirlos sin riesgo de engañarse? ¿Cómo asegurarse que este poder mismo no se corromperá? Hétenos aquí, pues, reducidos a confiarnos más en los hombres que en las leyes, lo que yo no querría. Los hombres son malos todos, con escasa diferencia, y el áncora del bien público está toda entera en la bondad de las leyes, la cual consiste en hacer que los hombres se abstengan, más por necesidad que por voluntad, de obrar mal. Pero ¿cómo llegar a este medio inaccesible? Sería necesario hacer a un mismo tiempo dos cosas que parecen incompatibles, es decir, limitar en tanto punto el poder que el que es depositario suyo no pudiera abusar de él, y, por otra parte, impedirle extenderse, sin que esta sujeción le hiciera perder nada de su actividad.

            Cuando una república se dirige a la corrupción, no basta oponer a este mal el preservativo de buenas leyes, sino que es necesario mudar poco a poco las instituciones antiguas, a fin de que ellas no estén en oposición con estas nuevas leyes. Cuando, finalmente, la corrupción llega a su colmo, el único medio que queda para restablecer el orden es que un hombre solo se apodere de la autoridad. Si tiene rectitud en sus intenciones, debe atraer la formas de la constitución republicanas más bien hacia el estado monárquico que hacia el popular, a fin de que los ciudadanos que no puedan corregirse ya con las leyes hallen un freno que los retenga en un poder casi real. El querer hacerlos ser buenos, empleando otros medios, exigiría muy crueles providencias o sería una cosa totalmente imposible.

            La monarquía se pervierte a si misma con el abuso de la autoridad de que está revestido el monarca. Después que se hubo convenido en tener reyes hereditarios, sus herederos degeneraron de la virtud de sus padres, y dejando las acciones virtuosas pensaron que los príncipes no tenían otra cosa que hacer más que sobrepujar a los demás hombres en magnificencia y en la posesión de las demás delicias de la vida: de lo que resultó que, comenzando con ser menospreciados, fueron después aborrecidos y vieron motivos de temor en este odio. Pasaron bien pronto del temor a las ofensas, que acabaron formando de su gobierno una tiranía. Ocurrieron entonces muy naturalmente las conspiraciones y conjuraciones contra ellos. Pero la sucesión electiva acarrea consigo inconvenientes que, aunque de otra naturaleza, no por ello son menos formidables, pues ella acaba comúnmente ocasionando una guerra civil.

            En este vasto océano de la política no se encuentran más que escollos en todas partes. Concluyamos que es razonable el apoyarse no solamente en las leyes, sino también en los hombres. Aunque esta verdad no es casi de mi gusto, confieso, sin embargo, que le es más fácil a un príncipe prudente y bueno el ser amado de los buenos que de los malos, y obedecer a las leyes que mandarlos. Cuando los hombres están bien gobernados, no solicitan ni apetecen otra libertad.

            Se insinúa otra especie de corrupción en el corazón de los Estados por unos medios insensibles y dulces que la naturaleza misma de las cosas solicita. Así, la virtud conduce al reposo, el reposo a la ociosidad, la ociosidad al desorden y el desorden a la ruina: así como el orden nace de las ruinas; la virtud, del orden, y de la virtud, la gloria y la prosperidad. Los hombres juiciosos observaron que las letras no vinieron más que después de las armas, y que en las provincias y ciudades no se vieron nacer los filósofos más que después de los capitanes. Cuando las buenas armas han logrado victorias, y estas victorias han proporcionado reposo y tranquilidad, la virtud de los guerreros puede corromperse en el ocio más honrado del cultivo de las letras y la funesta ociosidad no puede introducirse bajo una capa más falaz y seductora que ésta en las ciudades bien ordenadas.

 

 


§  V

 

De que modo debe conducirse un Gobierno con los Gobiernos extranjeros

 

            La modestia no aplaca a un enemigo jamás; le hace, por el contrario, más insolente, vale quizá más verse quitar algo por la fuerza que por el temor de la fuerza.

            Si no conviene adherir por temor a las solicitudes de los extranjeros, conviene prestarse a ellas por justicia y hacer, entonces, con la mayor puntualidad y más escrupuloso cuidado, lo que la equidad dicta. Es menester no omitir nunca el reparar y vengar los insultos hechos a los extranjeros cuando éstos se quejan de ellos. No debe abusarse jamás de la victoria, para no poner en la desesperación a los vencidos, ni hacer nunca juntas dos guerras importantes.

            Un gobierno no emprenderá el declarar la guerra a otro sobre el simple testimonio de aquellos fugitivos que se llaman emigrados, porque su extremado deseo de volver a entrar en su país les hace creer, naturalmente, muchas cosas que son falsas, a las que ellos añaden otras que son de su invención. Unido lo que creen en lo que pretenden creer, os llenarán en tanto grado de esperanza de triunfo que, fundándose en ellas, haréis el gasto de unos preparativos guerreros que no servirán de nada, o emprenderéis una guerra en la que no tendréis más que derrotas.

 

 

§  VI

 

Del genio del pueblo en general

 

            Por el mismo espíritu, el pueblo se pone a elegir con preferencia, y a elevar con los honores al que se haya distinguido con alguna acción valerosa, más bien en lo civil que en lo militar, porque las acciones de esta naturaleza son más raras en el primero que en el segundo.

Una consecuencia natural de esta índole del pueblo es la de no engañarse más que raras veces al elegir las personas más dignas para los cargos públicas, aunque puede errar fácilmente en el juicio de las cosas para que estas personas puedan merecer o no su elección. El legislador prudente no debe, por consiguiente, eludir nunca el juicio popular en lo que concierne a la distribución de los grados y dignidades; pero que no olvide que la capacidad de la inteligencia se limita a comprender lo que hay de sensible en los hechos. Cuando es preciso discurrir, el pueblo no sabe ya más que ir a tientas en la oscuridad.

            Para que los tributos se repartan con igualdad, es menester que las leyes, y no los hombres, hagan su repartición.

            Mostrándose económico el príncipe, ejerce la liberalidad con respecto a aquellos a quienes no toma nada, y cuyo número es infinito. No es avaro, entonces, más que con respecto a los que querían que se les diera, y cuyo numero es corto.

 

 

§  VII

 

De la economía publica

 

            La seguridad pública y protección que el príncipe acuerda a la agricultura y comercio son el nervio suyo; así pues, debe estimular a sus gobernados a ejercer pacíficamente su oficio tanto en el comercio como en la agricultura o cualquiera otra profesión, de modo que el temor de verse quitar sus propiedades no disuada a éste de hermosearlas, y que el temor de los atributos no impida a aquél el abrir un comercio. Aun el príncipe debe preparar recompensas para todo el que quiera entregarse a semejantes tareas; tiene interés y obligación en hacer prosperar por todos los estilos su Estado y ciudad.



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  10-14-2008    Leido: 18595 veces   

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